
La culpa en la maternidad es una experiencia casi universal. Desde la psicología se entiende como una emoción compleja que surge cuando sentimos que no cumplimos con un ideal —real o impuesto— sobre lo que “debería” ser ser madre. A menudo no se trata de errores reales, sino de la presión social, cultural e incluso biológica que cargamos sobre nuestros hombros. Por eso, la maternidad puede convertirse en un terreno fértil para que la culpa florezca: siempre hay algo que creemos que podríamos estar haciendo mejor.
Cuando tenía apenas 2 o 3 semanas de posparto, una psicóloga me dijo:
“Natalia, cuando nos convertimos en madre, nace el bebé, nace la placenta y luego nace la culpa”.
Esa frase me atravesó porque me sentí totalmente identificada. Si antes ya sentía culpa, desde que me convertí en madre la experimentaba multiplicada por mil. Y desde ese momento —hasta hoy que mi hija tiene 17 meses— la culpa sigue siendo un tema que trabajo día a día.
Hoy quiero contarte un poco de mi experiencia y la relación que tengo con la culpa como madre. Siempre desde un espacio personal, sin juzgar otras vivencias, porque cada maternidad es distinta. Lo comparto para que te sientas acompañada y recuerdes que no eres la única.
¿La culpa nace en mí o me la impone la sociedad?
A veces me pregunto: ¿Soy yo quien se siente culpable? o ¿Es la sociedad la que, con su presión, alimenta mi culpabilidad?
La verdad, no tengo una respuesta clara. Siento que es como un bucle del que, una vez dentro, parece imposible salir.
Un ejemplo: cuando Ada era recién nacida, la tenía siempre conmigo. No quería que nadie la cargara, la besara o la tocara. Me incomodaban hasta las miradas. Pero llegó el día en que la familia quiso “su turno” para cargar a la bebé.
Y ahí apareció la primera cadena de pensamientos:
“Si no la cargan, soy exagerada.”
“Si la cargan, traiciono mi instinto.”
“Si la cargan y llora, soy culpable porque le causé malestar: soy mala madre.”
“Si no la cargan y me critican, soy culpable de alejarlos de Ada en un momento especial.”
Todo eso en milésimas de segundo. Una tormenta de pensamientos que me hundía más y más en el agujero de la culpa.
La culpa cotidiana:
Esa culpa se presenta de muchas formas:
¿Lo estaré haciendo bien?
¿Soy buena madre?
¿Entiendo realmente lo que necesita mi hija?
También aparece cuando la sociedad pone todo el peso en nosotras: casa, hijxs, horarios, trabajo, organización, cuidados… y llega la frase: “Es culpa mía, no puedo con todo” o “No soy suficiente”.
Y está la culpa del autocuidado: querer 5 minutos a solas en el baño mientras tu bebé llora detrás de la puerta; quedarte en el coche después del trabajo solo por un poco de silencio; salir una noche con amigas; trabajar o no trabajar; dar de mamar mucho tiempo, poco tiempo o decidir no hacerlo; practicar colecho o pasarlx a su cama…
Siempre parece haber un motivo para sentir que fallamos.
¿La culpa alguna vez termina?
En estos 17 meses he visto cómo cambia de forma, pero nunca desaparece del todo. Intuyo que seguirá conmigo: cuando tenga que hablarle de sexualidad, de decisiones de vida, de libertad. Y quién sabe si alguna vez se rompe ese cordón invisible que nos une.
Mientras escribo esto, incluso me siento culpable de ser tan pegada a mi hija. Así funciona la culpa: está enredada hasta en lo que más amamos.
Mi conclusión es que las madres nos sentimos culpables…
incluso por sentir culpa.
Un recordatorio amoroso
Así que lo único que te puedo decir hoy, y que intento repetirme cada día, es: eres perfecta para tu hija o hijo. Con culpas o sin culpas. Con dudas e inseguridades o con la certeza de cada paso. Esa que eres —tu cuerpo, tu alma, tu ser— es la que ha creado a una criatura y la ha traído a este mundo. La que la ha cuidado, la que ha pensado en darle lo mejor, la que se ha sentido culpable solo porque quiere buscar la perfección para que su criatura esté siempre bien y en las mejores condiciones.
Pero te digo algo más, que también me repito: esa perfección no va a llegar. Así que disfruta como eres, como son, porque tu hija o hijo y tú son una simbiosis imperfecta y perfecta a la vez.
Agradece cada paso que das, porque incluso con todas esas voces interiores y con todos esos momentos de lágrimas en la oscuridad, estás haciendo el trabajo más difícil y a la vez más hermoso: acompañar a tu hija o hijo a vivir en esta tierra.
Te abrazo y me abrazo.

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